Niños jugando en la calle, padres preocupados por el futuro de éstos, individuos relacionándose, todos interaccionando en un solo fin, vivir. La tierra, el lugar en el que nos desarrollamos y, en definitiva, vivimos, tiene en comparación a nuestra historia toda una vida de la misma. El hombre ha conseguido en pocos siglos avances imposible para cualquier otro animal en la tierra, el desarrollo adquirido por el ser humano dota a éste de un carácter superior a cualquier otra criatura de su alrededor, su racionalidad, su capacidad de relación, su moral.
Andamos por la calle y, de repente, observamos como unos anormales con severa insuficiencia intelectual caminan a la par que arrasan con todos los espejos retrovisores de los coches que se hallan en su camino. Es en estos momentos cuando me planteo si son éstos individuos deshecho evolutivo o, simplemente, una representación de la enorme y cruel realidad que define al ser humano, una pequeña muestra de la tapadera que discretamente mantenemos para ocultar el animal que en realidad somos.
En la madurez que tanto ansiamos obtenemos nada más que insatisfacción por nuestros actos, actos llenos de inseguridad, actos que no merecen ser relatados, actos que sin ser observados, nos acompañan y hacen a los demás vernos como auténticos homínidos. A mi alrededor no observo otra cosa que prehistóricos individuos con los que la evolución no ha sido muy generosa, individuos que conforman ese despreciable ser que ninguno quiere ser, pero que todos sabemos, podemos ser.
Y sin pensar en ello, caes en la cuenta de la necesidad irrefutable de leyes y sistemas que sostengan tal brutalidad, tal pasividad, tales comportamientos y formas de ser, jerarquías, sociedades y, en definitiva, la organización. Organización siempre presente en el ser humano, organización sin la cual el mismo no sería más que un mono muy inteligente. Y mi duda se plantea en el momento en el que tropiezo con el siempre sincero y evidente desarrollo integro de mis adyacentes, desarrollo más que cuestionable, desarrollo que acude a una vaga definición de “leve”. Es aquí, en este importante punto, en el que nos preguntamos si es el ser humano un preso de su propia tapadera, o es, realmente, un ser con valores no cuestionables que aspira al fin último de todo cuanto le rodea.
Nada sería más desolador que descubrir que todo cuanto hemos creado y desarrollado es debido únicamente a que se nos concedieron los medios necesarios para alcanzar tales metas, en este instante nos paramos a pensar, para al final concluir que no estamos siendo como creemos, sino como queremos.
26/4/09
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